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      Primero de todo, a los niños les debe quedar muy claro qué tareas deben hacer y cómo las deben hacer. Una vez asumido que el adulto le ha explicado con absoluta claridad qué, cómo, cuándo y dónde se deben hacer las tareas concretas y no hay dudas ni malentendidos, entonces de igual manera se deben explicar las consecuencias que se derivan de la no realización de las tareas.

      Al hablar de consecuencias correctivas, queremos decir que se actúa eliminando algo que sabemos que al niño le gusta  o imponiéndole algo que no le gusta. Por ejemplo, podemos dejarle sin ver sus dibujos favoritos o sin salir al parque a jugar. Podemos castigarle sin ir a la excursión que quería. No hablamos de castigo físico (una bofetada, por ejemplo) no está recomendado por sus implicaciones emocionales. Recordad lo que siempre digo, cómo tratamos a nuestro hijos nos pasa factura.

      Si tenemos dudas sobre si el niño ha entendido o no, hacemos que nos repita, con detalle lo que debe hacer y las consecuencias que tiene para él y para los demás, la no realización de las tareas.

      Debemos también conocer qué actividades y tiempos, según la edad, debe exigírseles a los niños y conocer muy bien al niño, sus limitaciones y virtudes.

      Debemos ser pacientes, tolerantes y atender a la diversidad, haciendo las adaptaciones necesarias según el caso.

      Es muy importante tener claro lo que cada niño puede y debe hacer según su edad, para que la exigencia sea la justa

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      De 2 a 3 años: Recoger juguetes y guardarlos, regar plantas, empezar a comer solos, vestirse y desvestirse con ayuda, colocar objetos en las repisas…

      Ojo con esta edad, porque aquí comienza la desobediencia y resistencia del niño, ya que está formando su propio yo. Empieza también la preocupación de los niños.

      De 4 a 5 años: Ayudar a poner y quitar la mesa, dar de comer a la mascota, guardar los libros en la mochila, colocar los cubiertos…

      Ojo aquí porque de 3 a 5 años los niños descubren la mentira.

      De 6 a 7 años: lavarse la cara y peinarse correctamente, preparar sus mochilas del cole, llevar la ropa sucia a lavar, limpiar la mesa…

      Ojo aquí, porque los niños en esta edad no distinguen entre la realidad y la ficción. Tener en cuenta que sólo de 7 años en adelante, entienden las preguntas que empiezan en Por qué?, Cuándo? (temporalidad y causalidad).

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      De 8 a 9 años: Hacer la cama, prepararse el bocadillo del colegio, sacar la basura, barrer, atarse los cordones, lavarse los dientes, colocar el rollo de papel higiénico… Con 8 años aunque ya recoge su cuarto, aún necesita supervisión.

      Aquí los niños tienen capacidad para expresar verbalmente el miedo y el enfado.

      De 10 a 11 años: Limpiar y organizar su dormitorio, hacer los deberes solos, rellenar y poner el friegaplatos o lavadora, tender la ropa, ducharse sin ayuda…

      Ojo aquí porque empiezan los sentimientos de ridículo. A los 11 años empieza la Adolescencia.

      De 12 a 13 años: Organizar por sí mismos sus horarios, servir la comida al resto de la familia, hacer recados, ayudar a vestir y bañar a sus hermanos, recoger la cocina, lavar el coche…

      Ojo aquí porque ya examinan las consecuencias de lo que están diciendo. En esta etapa su pensamiento ya se extiende hacia el pasado y hacia el futuro. Antes, estos conceptos no quedaban claros, solo entendían el presente y el presente inmediato.

      No hagas por tu hijo, lo que él ya puede hacer por sí mismo

           boy-comer-soloLlegados hasta aquí, además, hemos de tener en cuenta una serie de reglas para aplicar adecuadamente las consecuencias y aplicaremos tanto consecuencias correctivas cómo positivas (alabanzas o premios).

      6 Reglas para que los niños entiendan las Consecuencias de sus actos

       

      1- Las consecuencias deben ser inmediatas. Cuando el niño hace una conducta inadecuada inmediatamente se le corrige.

       -No esperar que repita una mala conducta para dar una respuesta a ella.

      - Atender a las conductas positivas, las correctas, para dar un refuerzo inmediato, una sonrisa, por ejemplo. No sólo las conductas inadecuadas.

      - Cuanto más inmediata sea la consecuencia de una conducta, más eficacia tendrá como intervención que favorece el control.

      2- Las consecuencias deben ser específicas. El premio o castigo constructivo, debe ser concreto y proporcionado a la conducta de desobediencia.

      -Tanto en premio como el castigo deben estar dirigidos a una conducta específica, nunca a aspectos generales.

      -El castigo debe ser proporcionado a la transgresión, no al grado de impaciencia o frustración que haya generado en los padres.

      3- Las consecuencias deben ser constantes. 

      -Independientemente del entorno, la consecuencia debe ser la misma.

      -Si una conducta se ha considerado intolerable un día, también debe recibir la misma consideración otro día.

      -Tanto el padre como la madre deben dar la misma respuesta.

      4- Establecer un programa de incentivos (premios o alabanzas) antes de utilizar los castigos. Los castigos deben reservarse para casos muy limitados ya que traen implicaciones emocionales.

      -Cada vez que hay la conducta que queremos se le ofrece un “muy bien hecho”, una sonrisa, una caricia, un punto positivo, una estrellita a acumular. Los programas de economía de fichas van muy bien como incentivos. (ver cómo se administran en otro artículo).

      5- Planificar previamente la actuación ante posibles malas conductas. Ya conocemos a nuestro hijo y sabemos cómo se comporta ante determinadas situaciones.

      -Anticipar, analizar, planear y, si es posible, prevenir.

      6- Reconocer y aceptar que las interacciones dentro de la familia son recíprocas. La conducta de los padres está muy influenciada por la conducta del niño y viceversa. Es poco productivo atribuir culpas.

      -Tener en cuenta que los hijos tienen de modelos mayormente a sus padres y no podemos exigirles que no hagan comportamientos que son comunes en casa. Se un buen modelo para tu hijo.

       

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      Estas pautas y recomendaciones son infalibles, si no te resultan productivas, haz un repaso constructivo de tus acciones, analizando detenidamente cómo te comportas tú y tu entorno, porque indudablemente no hay padres perfectos ni hijos santos, pero está comprobado que unas sencillas y constantes reglas, sirven de incalculable ayuda para poner límites y vivir en armonía familiar.

      Maribel Paz

      Maribel Paz

      Psicóloga de Adultos y Parejas en Madrid.
      Especialista en Terapia Infantil y Adolescente

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